Asesinato en el acueducto de Chapultepec (Episodio 4) – Después de un paseo a caballo, Calderón y varios caballeros observaban a un grupo de hombres y mujeres disputando y dándose manotazos. De repente, uno de los hombres salió corriendo y trató de escapar…
(SONIDO: Música suave al fondo durante el resto de la escena, como si Fanny la escuchara mientras escribe. Al apagarse, se tiene un indicador de que el diálogo está fuera de la habitación.)
CORA: (Sale repitiendo, burlona.) La cortesía… (Burlándose de la señora Crescencia, hacia el público.) ¡Hay que ver a la señora Crescencia! No es bonita, pero sus joyas sí lo son. Es tan joven la palomita… Y tiene una de las casas más hermosas de México. Llegó como una reina en el carruaje de plata y oro de Santiago, comprado, dicen y yo repito, con dinero del juego y quién sabe de qué otras cosas. (Canta.)
Palomita inocentita
muy bonita se te ve
con esas joyas ganadas
por Santiago sabe a quién
palomita, palomo, palomo.
(SONIDO: Los pasos de Cora se alejan, se reanuda la música de la habitación de Fanny. Luego, se escuchan dos ritmos de pasos acercándose, y una puerta que se abre y que se cierra.)
FANNY: Discúlpeme, señora Crescencia. Las casas aquí son tan grandes. (Cambia su tono a queja.) Y los sirvientes no están entrenados para anunciar a las visitas. Siéntese. ¿Cómo está usted?
CRESCENCIA: Para servirla. ¿Y usted? ¿Está usted bien?
FANNY: Sin novedad (con burla cómplice.) Para servirla.
CRESCENCIA: ¡Cuánto me alegro! ¿Y cómo está usted?
FANNY: A su disposición (como dudando.) ¿Está usted bien?
CRESCENCIA: Sí, gracias, ¿y el señor?
FANNY: (Jugando.) Sin novedad y para servirla. Sírvase usted sentarse.
CRESCENCIA: Señora, usted primero.
FANNY: Primero usted…
CRESCENCIA: Después de usted.
FANNY: (Desesperada, aunque bromista.) ¡Sin ceremonias, soy enemiga de las etiquetas!
CRESCENCIA: ¿Cómo estuvo su viaje a México?
(SONIDO: Se escucha cómo se sientan y acomodan las telas de sus vestidos.)
FANNY: Fue de lo más agradable. Un poco largo, de a ratos. Los criados y el equipaje llegaron tarde, pero llegaron. Los ladrones se mezclaron con la multitud y nos siguieron con la esperanza de saquearnos. Pero todo salió bien.
CRESCENCIA: ¿El embajador se encuentra en casa?
FANNY: Él está reunido con el secretario de Estado y los ministros de la Guerra y del Interior. Calderón dejó a dos de sus escoltas conmigo, dos viejos soldados inválidos; total que me sentiré más segura después de lo que ocurrió ayer.
CRESCENCIA: ¿Qué ocurrió?
FANNY: ¡Ah! Después de un paseo a caballo, Calderón y varios caballeros tomaban café y fumaban en el balcón. Observaban a un grupo de personas, hombres y mujeres del pueblo, al parecer divirtiéndose, riéndose a veces, otras disputando y dándose de manotazos. (Relata con pasión.) De repente, uno de los hombres salió corriendo y trató de escapar saltando por encima de la pequeña pared que sostiene los arcos del acueducto. Al instante, otro hombre fue detrás de él, y con toda sangre fría sacó su cuchillo y se lo clavó en la espalda. Cayó el hombre dando un gemido. Una mujer, quizás la del mismo asesino, le dio de puñaladas en el corazón (Con marcado asombro.) mientras los demás del grupo, sin proferir una sola palabra ni tomar parte, se limitaban a mirar con los brazos cruzados, con una plácida sonrisa de indiferencia.
CRESCENCIA: (Restándole importancia.) Son cosas de léperos, se acostumbrará usted. (Con entusiasmo.) La semana pasada tomé el té con la Señora de Gorostiza. Mientras su esposo era ministro en Londres, asistió a un baile de máscaras y elegantes vestidos de noche ¡y decidimos hacer un baile como ese a beneficio de los pobres! Fanny, espero que Calderón y usted puedan venir. La Señora de Gorostiza me envió a su criada para que me diera todos los detalles del baile.
FANNY: No me lo perdería, señora Crescencia.
CRESCENCIA: (Con asombro.) Poco tiempo después, la Señora de Gorostiza me informó que nuestro portero, ¡el que le había abierto la puerta a la criada!, era un ladrón de mala fama, a quien la policía había estado buscando durante mucho tiempo.
FANNY: ¿Y qué hizo Santiago?
CRESCENCIA: Me dijo que él está a cargo de la casa y que yo no debo preocuparme por eso. (Suspira.) Solo tengo que disfrutar el té con las señoras, pero ellas son la vieja aristocracia virreinal y mi familia era criolla. No estoy segura de que yo pertenezca. Me dice Santiago que puedo desentenderme de este pensamiento y él honrará nuestros nombres con estatura y riqueza…
(Sonidos de pasos. Servicio de platos de té. Pausa. Las voces de Fanny y Crescencia bajan y solo se sienten susurros. Ambas cambian su tono de formal a informal. Sonidos de pasos. Se cierra la puerta.)
Narrador: El asesinato de don Joaquín Dongo, basada en una carta de Madame Calderón de la Barca.
Madame Calderón: En 1789, durante el virreinato de Revillagigedo, tuvo lugar un horrible asesinato que es notable por dos aspectos: las insignificantes circunstancias que llevaron a su descubrimiento y la energía desplegada por el virrey, que contrasta fuertemente con la tardía ejecución de la justicia en nuestros días. Vivía en México por aquel entonces, en la calle de Cordovanes, número 15, un rico comerciante llamado Don Joaquín Dongo. Un empleado llamado José Blanco, que había estado anteriormente en la oficina de Dongo, habiendo caído en vicios y unido en compañía de otros dos jóvenes (Felipe Aldama y Baltazar Quintero), formó un plan para robar a su antiguo amo.
En consecuencia, se dirigieron a la casa una tarde cuando supieron que Dongo no estaba en casa, e imitando la señal que Blanco sabía que el cochero solía hacer al maletero cuando el carruaje regresaba por la noche, las puertas se abrieron inmediatamente y los ladrones entraron. El portero fue su primera víctima. Lo derribaron y lo apuñalaron. Un cartero, que esperaba con cartas el regreso del dueño de la casa, fue el siguiente, y luego el cocinero, y así sucesivamente, hasta que once yacían revolcándose en sangre. Los desdichados procedieron entonces a forzar las cerraduras de los diferentes buros, guiados por Blanco, quien, en su anterior cargo, se había familiarizado con todos los secretos de la casa. Obtuvieron veintidós mil pesos en especie y unos siete mil pesos en plata.
Mientras tanto, el desafortunado dueño de la casa regresó a su propiedad, y a la señal acostumbrada, los ladrones abrieron las puertas y, al entrar el carruaje, las cerraron de inmediato. Al ver al portero bañado en sangre y los cadáveres al pie de la escalera, comprendió de inmediato su desesperada situación y, acercándose a Aldama, que estaba cerca de la puerta, le dijo: «Mi vida está en sus manos; pero por Dios, tenga un poco de piedad y no me asesine a sangre fría. Dígame qué cantidad de dinero necesita. Tome todo lo que haya en la casa, déjeme, y juro guardarle el secreto». Aldama consintió, y Dongo siguió adelante. Al subir las escaleras, pasando por encima del cuerpo del cartero, se encontró con Quintero, a quien le hizo la misma súplica, con el mismo éxito. Blanco, saltando hacia adelante, apuntó con su espada al pecho de Quintero y, lanzando un gran juramento, exclamó: «Si no lo apuñalas, te mataré en el acto». Imaginen, por un instante, la situación del desafortunado Dongo, rodeado por los asesinados y los asesinos en su propia casa, en plena noche, ¡y sin esperanza de ayuda! La incertidumbre fue momentánea. Conjurado así, Quintero lo apuñaló en el corazón.
Los asesinos recogieron entonces su botín, y como aún estaba oscuro, dos de ellos subieron al carruaje de Dongo, el tercero haciendo de cochero, y así salieron rápidamente de las puertas de la ciudad hasta que, al llegar a un lugar desierto, no lejos de un pueblo, dejaron el carruaje y las mulas a la deriva y enterraron su tesoro, que luego transportaron a una casa en la calle del Águila, n.º 23; y continuaron con sus quehaceres por la mañana como si nada hubiera ocurrido.
Mientras tanto, es de imaginarse la consternación pública al amanecer ante esta sangrienta tragedia. En cuanto al virrey, juró que los asesinos serían descubiertos y ahorcados ante sus ojos el mismo día de la semana siguiente. Inmediatamente se tomaron las medidas más enérgicas y se cerraron las puertas de la ciudad para impedir cualquier salida. Se dieron órdenes en todos los distritos de la capital para que todos los huéspedes, visitantes o pensionistas, ya fuera en posadas, albergues o casas particulares, fueran informados a la policía, incluyendo su condición, ocupación, motivos para vivir en México, etc. En todos los pueblos cercanos a la capital se tomó un estricto control de toda persona que hubiera pasado, entrado o salido del pueblo en un plazo determinado. Grupos de soldados registraron todos los caminos cercanos a la capital. La policía registró cada escondite y entró en cada casa sospechosa. El funeral del desafortunado Dongo y de las demás víctimas tuvo lugar al día siguiente; y posteriormente se recordó que Aldama estuvo allí entre los primeros, comentando sobre esta horrible masacre y sobre las probabilidades de descubrir a los asesinos.
Una familia campesina de un pueblo vecino, oyendo hablar de todos estos acontecimientos en México, y con ese amor a lo maravilloso que caracteriza a las personas sin educación o no acostumbradas al mundo, decidió hacer una visita a la capital y escuchar, en la fuente misma, todas estas maravillosas historias que probablemente les habían llegado bajo cien formas exageradas. Apenas habían entrado en sus alojamientos cuando fueron visitados e interrogados por la policía y se les tomó declaración sobre los motivos de su visita a la capital, su lugar de nacimiento, etc. Como dato gratuito, uno de ellos mencionó que, al pasar por una barbería (probablemente con los ojos muy abiertos esperando ver espectáculos horribles), había observado a un hombre hablando con el barbero, que tenía una mancha de sangre en su coleta.
Por insignificante que nos parezca esta circunstancia, el virrey ordenó que quien la mencionó condujera de inmediato a los policías a la tienda donde la había observado. Al encontrar la tienda, el barbero fue interrogado sobre con qué personas había estado conversando esa mañana, y mencionó a una media docena, entre ellos Aldama, quien no gozaba de muy buena reputación. Se mandó llamar a Aldama, quien fue confrontado con el hombre que dio la información, y al observarse la mancha de sangre, fue inmediatamente encarcelado por sospecha. Al ser interrogado sobre la causa de la mancha, respondió que, estando en una pelea de gallos, en tal día y a tal hora, la sangre de uno de los gallos moribundos, que sostenía, había brotado y manchado el cuello de su camisa y su cabello. Realizadas investigaciones en la plaza de gallos, esto fue corroborado por varios testigos y, por extraordinario que parezca, lo más probable es que la afirmación fuera cierta.
Mientras tanto, la madre de Blanco, profundamente afligida por la conducta disoluta de su hijo, tomó la decisión de consultar al virrey sobre la manera de convertir al joven a mejores hábitos. Parece como si la mano de una Providencia vengadora hubiera llevado a esta desafortunada madre a dar un paso tan fatal para su hijo. Le dijo al virrey que había intentado en vano contenerlo, que pasaba días y noches con compañeros libertinos en casas de juego y galleras, y que temía que algún día le sobreviniera algún mal por sus peleas, juramentos y bebida; que hacía solo unos días que había llegado tarde a casa, y que ella había observado que sus medias estaban manchadas de sangre; que le había preguntado al respecto, y que él había respondido con mal humor que se había metido en la gallera. Apenas había concluido su relato, Blanco fue arrestado y recluido en una celda separada de la misma prisión que Aldama. Poco después, Quintero, solo por ser amigo íntimo y compañero de ambas partes, fue detenido bajo sospecha y recluido en la misma prisión, donde todos estuvieron confinados por separado y no se les permitió comunicarse.
Parece que Quintero, quizás el menos empedernido de los tres, quedó convencido de que, en la extraordinaria combinación de circunstancias que lo llevaron a su arresto y al de sus compañeros de villanía, la mano de Dios era demasiado visible como para permitirle dudar de un descubrimiento final; pues confesó de inmediato y, declarando que veía toda negación inútil, dio un relato circunstancial de todo. Pidió nueve días de gracia para prepararse para la muerte, pero el virrey solo le concedió tres. Cuando Aldama confesó, dijo también ser culpable de un asesinato anterior, cuando era alcalde de un pueblo cerca de México, anterior a la época de Revillagigedo, por el cual había sido juzgado y absuelto. Siendo alcalde, el cartero del pueblo solía pasar por su casa para rendirle cuentas del dinero que había recaudado, etc. Una tarde, este hombre se detuvo en casa de Aldama y le comunicó que le habían confiado una suma de mil quinientos pesos para llevar a un pueblo vecino. A las doce en punto salió de la casa de Aldama, quien, tomando un atajo a través de los campos, alcanzó al cartero por esta otra dirección, lo apuñaló y se llevó el dinero. Al día siguiente, al darse a conocer el asesinato, el alcalde, con sus ropas de justicia, visitó el cadáver y fingió iniciar una búsqueda rigurosa del asesino. Sin embargo, fue sospechoso y arrestado, pero escapó gracias a un soborno y, poco después, abandonando el pueblo, llegó al agreste escenario de México.
Tras confesar, se ordenó a los asesinos que se prepararan para la muerte. Un cadalso, erigido entre la puerta central del palacio y la que ahora es la puerta principal de la guardia de la ciudad, fue tapizado de negro para indicar que los criminales eran de noble sangre. Se congregó una inmensa multitud; y el virrey, de pie en el balcón de su palacio, presenció la ejecución en la gran plaza, exactamente siete días después de que se cometieran los asesinatos.
Las calles se mantuvieron entonces en perfecto orden, tanto en pavimentación como en iluminación; y en una ocasión, tras recorrer la ciudad a caballo, como era su costumbre, para comprobar si todo estaba en orden para la Semana Santa, observó que varias partes de las calles estaban sin pavimentar y en mal estado; por lo que, llamando al jefe de policía, le pidió que estas calles estuvieran pavimentadas y en orden antes de la Semana Santa, de la que faltaban solo unos días. El oficial declaró que la cosa era imposible. El virrey ordenó que se hiciera, so pena de perder su puesto. Temprano en la mañana del Domingo de Ramos, envió a saber si todo estaba listo; y mientras las campanas sonaban para la misa temprana, se colocó la última piedra en la calle San Francisco, con lo que se completó la obra.
Narrador: Con sus confesiones aseguradas, el destino de los tres acusados quedó sellado. La culpabilidad fue declarada incuestionable y el proceso avanzó con una certeza sombría. La defensa no presentó alegato de inocencia, solo una última apelación: que a los condenados se les perdonara la soga y se les concediera la muerte por garrote, invocando su condición de “nobles notorios”. Una vez verificados formalmente sus linajes y pureza ancestral, la solicitud fue concedida sin vacilación.
En la mañana del 7 de noviembre, las puertas de la capilla se abrieron y los condenados emergieron a una ciudad que ya bullía de expectación. Montados en mulas, fueron conducidos por las calles “al son de trompetas y los incesantes gritos del pregonero”, hacia un imponente cadalso erigido en la Plaza Mayor. Ante la multitud reunida, se ejecutó la sentencia, uno por uno, extinguiendo sus vidas con el collar de hierro que les apretaba. Sus manos derechas fueron cercenadas en un solemne ritual, y las armas que les habían dado la muerte fueron destrozadas y arrojadas a un lado. Sus cuerpos permanecieron expuestos hasta la tenue luz de las cinco de la tarde, una dura advertencia para todos los presentes. Solo entonces fueron bajados y llevados a su descanso final en la Iglesia de la Santa Cruz.